El papel de las emociones en el cultivo de la presencia.

transpersonal2Una herramienta básica para la adaptación y la supervivencia con la que contamos los animales vertebrados, por lo menos a partir de los reptiles, es la experimentación de sensaciones físicas como indicador de nuestro estar en el mundo. A esto  le hemos llamado emociones. En este abanico de sensaciones corporales estamos hermanados: Rabia, miedo, asco, tristeza y alegría u homeostasis para los biólogos. Este maravilloso mecanismo evolutivo permite que el individuo decida cómo reaccionar ante la percepción de un estímulo interno o externo. Así que tenemos más de 300 millones de años de evolución de las emociones, desde la aparición de los reptiles hasta hoy, que estamos sentados leyendo esto.

Las emociones constituyen una fuerza poderosa de nuestro sistema. Si nos pensamos como una estructura energética, existe todo un cuerpo emocional que nos recubre. Se ubica justo sobre nuestro cuerpo físico etérico y antes del cuerpo mental. Si nos consideramos desde un punto de vista materialista, la neuropsicología actual, considera que tenemos un cerebro emocional. Esto es, un cerebro dentro del cerebro “que cuenta con una  arquitectura distinta, una organización celular diferente, e incluso con propiedades bioquímicas distintas del neocortex, es decir, la parte más evolucionada del cerebro humano. De hecho, el cerebro emocional suele funcionar independientemente del neocortex. El lenguaje y la cognición no tienen más que una influencia limitada sobre él: no se puede ordenar a una emoción que aumente de intensidad o que desaparezca, de la misma manera que no se puede ordenar al espíritu que hable o que calle.”[1] Sea como sea, nuestra vida no tiene color sin el abanico de emociones que continuamente estamos experimentando.

Si bien el espectro emocional es amplísimo y muy variado, muchos de nosotros podemos reconocer sólo algunas de las emociones que experimentamos, debido básicamente a que hemos aprendido que hay emociones que nos generan placer y otras que nos resultan dolorosas. Amor, ternura, compasión, ilusión, justicia, expansión, conexión, confianza, bienestar, salud, flexibilidad, descanso, alegría, armonía, tranquilidad, paz, gozo, placer, honor, orgullo, humildad, entre otras, son sensaciones que de entrada nos parecen agradables y digo “de entrada”, porque para muchos de nosotros, aunque estas sensaciones nos resulten deseables, hemos desarrollado mecanismos de dolor y boicot que nos impiden sentirlas.

Así mismo, sensaciones como rabia, dolor, tristeza, abandono, desapego, contracción, desilusión, frustración, asco, miedo, desconfianza, desasosiego, bloqueo, rencor, aversión, humillación, soberbia, gula, avaricia, etc, nos resultan a priori emociones dolorosas o negativas y por lo tanto intentamos ocultarlas, evitarlas o negarlas, aunque, también hay personas que se pueden permitir experimentar estas emociones dolorosas y han aprendido a reconocer estas sensaciones como lo que son: indicadores de cómo están percibiendo su realidad aquí y ahora.

Hagamos una pequeña génesis de cómo hemos aprendido a aceptar algunas emociones y a rechazar otras: cuando somos pequeños, experimentamos diversos estados de ánimo en función de nuestras necesidades organísmicas. Aflora inmediatamente la expresión de ese estado de ánimo que experimentamos. Podemos recordar claramente al niño que hace una pataleta en el supermercado. Él está expresando con todo su cuerpo su enfado. De la misma forma vemos a los pequeños pelear con todas sus fuerzas por el objeto que quieren. O habremos sentido el llanto desconsolado de soledad y miedo de un niño que se queda por primera vez en la escuela. También habremos visto a un peque abrazarse con fuerza a su madre y darle un beso lleno de amor, o habremos disfrutado de la risa contagiosa de un niño que juega.

Sin embargo, el impacto e intensidad de algunos eventos en su vida y el proceso de socialización que va viviendo el niño, le van generando una serie de valoraciones sobre cómo es y cómo debe ser para ser aceptado y recibido por su entorno. En este proceso aprende, por ejemplo, que hay momentos en los que su enfado no va a movilizar a los otros para conseguir lo que quiere; que debe compartir con los demás sus objetos favoritos; que hay momentos para jugar y momentos para trabajar; que aunque se sienta solo, su mamá volverá al terminar la clase… O dependiendo de su propia historia, el niño puede asimilar que la madre no lo quiere lo suficiente, o que no tiene tiempo para él, o que no debe llorar porque esto molesta a los adultos… En fin, al final de la infancia, buena parte de los pequeños han construido una historia sobre quiénes son y cómo es el mundo en el que están.

Este proceso trae dos consecuencias: Una, aprendemos que las emociones como el amor y la alegría son buenas y que el dolor, la tristeza, el enfado o los celos son malos, con lo que nos permitiremos a nosotros mismos la expresión de un tipo de emociones y reprimiremos, a veces llegando al extremo de bloquear por completo, a expresión de las emociones que creemos que no son “adecuadas”. Sin embargo no podemos reprimir el afloramiento de esta emoción, creando así una disonancia importante entre nuestro comportamiento y lo que esperamos del mismo.

Este es un aparte del relato de Marta, una mujer de 37 años, que  encuentra que necesita una constante aprobación por parte de su entorno. Ella dice: “Es que no me puedo mostrar enfadada o agresiva con nadie, pero no puedo evitar la rabia con mi hijo, es algo que me controla. Siento rabia e inmediatamente la expreso. Y me siento fatal por no poderme controlar. Y con las demás personas dejo hasta que pasen por encima de mí, pero con mi hijo… Siento que se va a salir con la suya y eso me enfurece y ahí estoy, gritándole o dándole una palmada a la mínima.”

Observando cómo se refleja en Marta la primera consecuencia, vemos que ella ha aprendido a no expresar la rabia, consiguiéndolo con cierto éxito en su relación con las personas que no son de su entorno inmediato. Esto le genera situaciones en las que se ve vulnerada por los demás y no encuentra cómo defenderse, y aunque le resulte un problema, su identificación no sufre fisuras, pues sigue manteniendo su papel de buena ante los otros. Sin embargo, con su hijo, de quien aparentemente no necesita aprobación, siente y expresa una rabia incontrolable cada vez que considera que él “se sale con la suya”. Así que cree tiene un problema grande para mantener indemne la idea de quien debe ser ella, porque frente a una situación concreta se ve controlada y desbordada por esta emoción.

La segunda consecuencia que se desprende del proceso de aprendizaje y construcción de nuestra identidad, es que, si bien las emociones han servido a los seres vivos para responder adaptativamente al entorno, en los humanos ese “entorno” no corresponde sólo al espacio, sino que se amalgama con el tiempo mental, y como resultado, vamos perdiendo la capacidad de responder adaptativamente ante las situaciones que se nos presentan en el presente.

Volvamos al caso de Marta. Por su relato podemos suponer que, en algún momento de su historia, mentalmente concluyó que para ser aceptada por los demás (aprendió esto de su relación con sus figuras paterna y materna), debía mostrarse buena. Aprendió a reprimir su enfado y a luchar internamente por mantener una apariencia de chica amable, siempre dispuesta a agradar a los otros y a no generar conflicto. Sin embargo, con su hijo las barreras de su identidad no surtían efecto. Ella era la madre de esta relación y ahora sentía manifiestamente que él intentaba “salirse con la suya”, ante lo cual, Marta reaccionaba defendiéndose de una amenaza de boicot por parte de su hijo. Una y otra vez, Marta volvía a sucumbir a una forma estereotipada de reaccionar, que lejos de acercarle a su hijo, la alejaba de él y activaba nuevamente esa parte de ella que reprochaba su comportamiento irracional, justo con la persona que se supone más debe amar y proteger.

Si bien Marta había bloqueado su rabia, el momento en el que la experimentaba con toda su magnitud era aquel que le traía una forma estereotipada de reaccionar de la que no podía escapar: Debajo de esa rabia se escondía la frustración que le ocasionaba que los otros (en general) se salieran con la suya, pasando por encima de ella.

Basados en la idea de inteligencia emocional (Daniel Goleman), investigadores de Yale y New Hampshire han definido un coeficiente emocional, que puede dar cuenta de la inteligencia emocional en cuatro aspectos esenciales:

  1. La aptitud para identificar su propio estado emocional y el de los demás.
  2. La aptitud para comprender el desarrollo natural de las emociones. (Por ejemplo el miedo y la cólera evolucionan diferente en el tiempo)
  3. La aptitud para reflexionar sobre las propias emociones y las de los demás.
  4. La aptitud para regular las propias emociones y las de los demás.[2]

Estos cuatro aspectos, perfectamente pueden ser la base del autoconocimiento, de la compasión, de la cooperación y de la capacidad de resolución de conflictos. Estos cuatro aspectos, además, nos muestran descarnadamente, que podemos ser personas inteligentes, preparadas, adultas y hasta bien plantadas, pero que la mayoría de nosotros no puntuaríamos muy alto en un test de inteligencia emocional. La razón: si bien nuestro cuerpo ha crecido, la capacidad de comprender nuestras emociones y las de los demás, de expresarnos emocionalmente, de aprovechar las emociones como una herramienta adaptativa, se quedó anclada en un punto de nuestra historia en el que éramos pequeños y apenas estábamos construyéndonos una personalidad.

El acompañamiento terapéutico nos ayuda a retomar ese punto de nuestra historia y a alcanzar poco a poco la madurez emocional que nos permita dar cuenta de los cuatro aspectos arriba citados. Pero también nos son útiles, técnicas como el yoga, que movilizan nuestra energía, ayudándonos a desbloquear nuestro sistema y a “desencriptar” aquello que ocultan nuestras emociones dolorosas y que seguimos repitiendo en forma de cuento mental. La meditación también es una herramienta para llegar al fondo de la emoción de forma fluida, sin presionar, pues a través de esta técnica abrimos espacio a nuestra mente, nos permitimos sentir, aprendemos a no resistirnos a la realidad y a relativizar nuestro relato mental de cómo debe ser la vida y el mundo.

El lugar donde encontramos a nuestras emociones no es en la mente, es en el cuerpo. Por esto, tomar consciencia de nuestras emociones es tomar consciencia de nuestro cuerpo y viceversa. El lenguaje puede aproximarnos a lo que significa una emoción, pero solo podemos sentirla y reconocerla con nuestro propio cuerpo. Justamente, una de las grandes barreras con la que nos encontramos es con la compulsión a entender las emociones, a quererlas capturar con la mente. Nuestra mente no puede saber cómo es el amor o el enfado o la compasión, de la misma forma que nuestra nariz no puede ver o los oídos no saben hablar.

En nuestra mente está el cuento que nos decimos una y otra vez sobre nuestro sufrimiento. Ese cuento que valora de una determinada forma la emoción que sentimos y que no nos permite adentrarnos en las profundidades de la experiencia. El maestro espiritual y escritor Adyashanti, aporta una herramienta para poder llegar a desvelar nuestra percepción emocional y a vivir en el presente. Él propone que primero nos demos permiso para que se exprese libremente la voz de nuestro sufrimiento.

“Te invito a que dediques un tiempo (media hora, quizá) a permitirte a ti mismo sentir, sin más, lo que hay a dejar que surja cualquier sensación, sentimiento o emoción, sin intentar evitarlo ni resolverlo. Deja que surja sin más lo que hay. Entra en contacto con su sensación cinestésica, con cómo son esas experiencias cuando tú no estás intentando expulsarlas o explicarlas. Limítate a sentir la energía de la emoción o de la sensación. Puedes notarla en el corazón, o en el plexo solar, o en vientre. Procura identificar dónde está la tensión en tu cuerpo; no sólo dónde está la emoción, sino qué partes del cuerpo sientes rígidas. Puede ser el cuello o los hombros, o puede ser la espalda. El sufrimiento se manifiesta en forma de emoción (de emoción profunda y dolorosa en muchos casos), y también de tensión en el cuerpo. El sufrimiento también se manifiesta en forma de determinadas pautas de pensamiento circular. Cuando sientas una emoción determinada, permítete a ti mismo empezar a oír a voz del sufrimiento. Esto no puedes hacerlo quedándote fuera del sufrimiento, intentando explicarlo o resolverlo debes hundirte de verdad en el dolor, incluso relajarte en él para dejar hablar al sufrimiento.(…) Es importante que abramos todas las emociones y todos los pensamientos para vivir plenamente lo que hay ahí.”[3]

Muchas personas nos resistimos a hacer esto, porque cuando el sufrimiento habla, suele hablar con una voz terrible. Puede ser francamente maligna.  La mayoría de personas no queremos creer que llevamos dentro una voz como esta. Pero si queremos ir más allá de aquello que nos duele y nos hace daño, es necesario que empecemos por vivirlo en profundidad. Y para permitirnos registrar esa voz del sufrimiento Adyashanti propone que escribamos todo lo que esa voz tiene para decirnos.

Lo que estás buscando ahora es el modo en que tu sufrimiento, el modo en que la emoción concreta que estás viviendo ahora, ve verdaderamente tu vida, ve lo que pasó y ve lo que está pasando ahora. Para ello, tienes que entrar en contacto con el cuento de tu sufrimiento. Si mantenemos nuestro sufrimiento, es por medio de estos cuentos; por eso tenemos que decir en voz alta esos cuentos o recogerlos por escrito, aunque los relatos parezcan intolerables por lo cargados que están de juicios de valor, de culpas o condenas. Si permitimos que estos cuentos vivan soterrados, en la mente inconsciente, se seguirán regenerando todas las emociones dolorosas.”[4]

Una vez hemos realizado este ejercicio, Adyashanti recomienda leerlo, ausente de todo juicio de valor, con el fin de comprender y abrazar este sufrimiento.  Cuando hemos leído este relato, volvemos a conectar con la emoción, con el recuerdo, si es que hay un recuerdo e intentamos vivirlo nuevamente, esta vez sin el cuento que nos contamos. “A base de indagar de esta manera, tu cuerpo empieza a sentir la diferencia entre una emoción en bruto, pura, y una emoción vieja, que está muy arraigada y que se mantiene por medio de un cuento.”

¿Y qué pasó con Marta? Bueno, pues la invité a que cerrara sus ojos y trajera a su mente un episodio similar al que me describía con su hijo. Se vio a sí misma enfurecida porque el niño no quería cambiarse de ropa rápidamente para ir al colegio. Le pedí que conectara profundamente con esa emoción que estaba experimentando y que dejara que fuera ella quien hablara: “¿Tú crees que vas a poder conmigo? ¡Pero cómo puedes ser tan egoísta que no puedes entender que necesitamos llegar a tiempo? ¡De qué vas! ¡Qué te digo que te des prisa y es que te des prisa! ¡No puedes faltarme al respeto y no hacerme caso! ¡Si yo digo que te des prisa, es que te des prisa! ¡Yo no estoy pintada en la pared!”

Le pregunté qué sentía frente a ese relato que estaba escuchando:

–          “Dolor… Así me hablaba mi madre cuando yo no hacía caso, que creo que eran muchas veces. Después de estos regaños ella decía que yo no le tenía consideración, que no era capaz de ver el esfuerzo que hacía por mí.”

Le propuse que fuera a una escena similar a la que está evocando: “Me veo a mí llorando, arrinconada y adolorida y a mi madre gritando, como loca.”

–          ¿Y cómo te sientes?

 

–          “Estoy muy triste porque creo que mi mamá no me quiere porque soy muy desobediente y eso me da mucha rabia.”

–          ¿Te sientes triste y rabiosa?

 

–          “Sí. Triste porque no me quiere y rabiosa porque sí que quiere a mi hermana que es más obediente que yo”.

–          ¿Y esto es real? ¿Tu madre no te quiere porque no eres obediente?

–          “Claro que mi madre me quiere, pero no sentía que me quisiera cuando estaba tan enfadada. Yo sentía que la hacía sufrir”.

–          Y te repito, ¿Tú consideras que es real, haces sufrir a tu madre? “

 

–          … No. Tal vez ella decidía sufrir porque no le hacía caso… ¡Pero si tampoco es que no le hiciera caso! ¡Algunas veces, pero no siempre! ¡Eso es lo que me da rabia! Que ella me haga sentir que nunca le hago caso.

–          Ahora intenta revivir en tu mente ese episodio, pero ahora intenta verlo sin que la voz de tu sufrimiento te cuente el cuento.

–          “Me cuesta, porque todavía siento que no ha sido justa conmigo”.

–          Anímate, revive este recuerdo desprovisto de contenido mental.

–          “Veo el recuerdo y escucho la voz que me narra cómo ha sido este recuerdo, pero no termino de creerle… Ahora siento la emoción ahí, pero no me produce ese dolor que me producía al principio”.

Marta encontró que había elaborado un cuento de sí misma en el que no hacía caso y por eso no le iban a querer, así que mejor ser obediente y tranquila para tener el afecto de los suyos. Poco a poco, se permitió entrar en contacto con sus emociones dolorosas y verlas como lo que son: El aspecto corporal de su estar en el mundo. A veces vienen como emociones viejas, pero las toma como indicadores de si está en el presente o en su película. Ha aprendido a identificar la rabia hacia su hijo como la expresión estereotipada de un dolor que es suyo y que, desde la reacción inconsciente de la misma, puede convertirse en un dolor para su hijo también. Ahora reconoce la emoción, la siente, pero antes de expresarla, duda de si corresponde a esa realidad o a una repetición de su pasado. Así que ha aprendido a aplazar su reacción, a parar un momento y actuar después.

Hay muchos enfoques psicológicos que nos invitan a “hacernos amigos de nuestras emociones”, pero no enfatizan en la necesidad de vencer el miedo a la experiencia, de no resistirte a la experiencia. El enfoque transpersonal toma como una parte esencial de la realidad el mundo emocional y por lo tanto nos invita a experimentarlo plenamente. Atención,  no estoy diciendo, “a expresarlo intensamente. Hago este matiz, porque para algunas escuelas psicológicas, sobre todo en los años 70, era liberador para el Yo, expresar las emociones como las sentíamos. Nada más alejado de la propuesta transpersonal, que ante todo considera que una respuesta evolutiva es aquella que es armónica para todos los seres.

Como dice el doctor Vicente Simón, “Esta forma de relacionarse con las emociones puede resumirse en esta expresión: ‘Estar presentes en las emociones’. El estar presente implica que somos conscientes de la emoción, pero no nos identificamos con ella. (…) Al estar presentes en la emoción, nos hacemos plenamente conscientes de lo que está pasando, vivimos la emoción pero no nos perdemos en ella. Es decir, no nos convertimos en el afecto, sino que mantenemos la distancia sin dejarnos dominar por él. Con el tiempo, cuando la emoción es claramente percibida por la consciencia, la emoción va calmándose. Y esto es posible porque hemos creado un espacio en el que la emoción puede existir sin ahogarnos, sin oprimirnos. Dejamos de identificarnos con el contenido del espacio (que en esos momentos es la emoción), para ir identificándonos con el espacio mismo.”[5]

Luz Victoria Arango Cala

 


[1] Servan-Schreiber, David (2003): “La curación emocional”; Ed. Kairós, Barcelona.

[2] Opcit.

[3] Adyashanti (2011): “El fin del sufrimiento”.  Gaia ed. Madrid.

[4] Opcit.

[5] Simón, Vicente (2011): “Aprender a practicar Mindfulness”. Selllo Editorial, Barcelona.